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TDAH — Más allá del mito del “niño inquieto”

  • Foto del escritor: Ps. Gabriel Claussen
    Ps. Gabriel Claussen
  • 12 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) es una de las condiciones del neurodesarrollo más estudiadas y, a la vez, más malinterpretadas. Tanto el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, (DSM-5-TR) como la Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª (CIE-11) coinciden en describirlo como un patrón persistente de inatención y/o hiperactividad-impulsividad que se manifiesta desde la infancia y que interfiere de manera significativa en el funcionamiento emocional, social, académico o laboral.


Qué es y cómo se manifiesta


El TDAH no se trata de una simple falta de disciplina o de esfuerzo, sino de un trastorno neurobiológico que afecta los circuitos cerebrales involucrados en la regulación de la atención, el control de impulsos y la planificación. Las personas con TDAH pueden tener dificultades para concentrarse en tareas prolongadas, organizar sus actividades o mantener la calma en contextos estructurados.


La CIE-11 y el DSM - 5 TR describen tres presentaciones clínicas:


  • Predominantemente inatención: la persona se distrae fácilmente, comete errores por descuido, pierde cosas y tiene problemas para sostener la atención.

  • Predominantemente hiperactiva/impulsiva: predomina la inquietud motora, la dificultad para quedarse quieto o esperar turnos, y la tendencia a interrumpir.

  • Presentación combinada: coexisten síntomas significativos de ambos tipos.


Más que un problema infantil


Aunque suele detectarse en la infancia (típicamente temprano a mitad de la niñez, según la CIE-11), hoy se reconoce que el TDAH puede persistir en la adolescencia y en la adultez, afectando la organización, la gestión del tiempo y las relaciones interpersonales. La intensidad de los síntomas puede variar a lo largo de la vida: en algunos casos, la hiperactividad motora se atenúa, pero persisten la impulsividad y la desatención.


Diagnóstico debe ser clínico y no moral


El diagnóstico se basa en una evaluación clínica integral, que considera la historia del desarrollo, el contexto familiar y educativo, y la presencia de síntomas en más de un ambiente (por ejemplo, casa y escuela). No existen pruebas biológicas o de laboratorio que confirmen el trastorno: el diagnóstico es conductual y criterial.


Algunos manuales y expertos enfatizan que el TDAH solo puede diagnosticarse cuando los síntomas exceden lo esperable para la edad y el nivel intelectual del individuo y producen una afectación funcional clara. Esto distingue el trastorno de las fluctuaciones normales de la atención o del comportamiento infantil.


Causas y factores asociados


Sus causas son multifactorial: intervienen factores genéticos, neurobiológicos y ambientales. Estudios de neuroimagen muestran diferencias en la maduración de áreas cerebrales vinculadas con la atención y el control inhibitorio. Factores como el estrés prenatal, el bajo peso al nacer o la exposición a toxinas pueden aumentar el riesgo, pero ninguno es determinante por sí solo.


Tratamiento y pronóstico


El abordaje del TDAH combina psicoeducación, intervenciones psicológicas y farmacoterapia cuando lo amerita. Los tratamientos más eficaces incluyen estrategias de manejo conductual, entrenamiento parental y adaptaciones escolares. Los medicamentos actúan sobre los neurotransmisores dopamina y noradrenalina, mejorando la autorregulación y la atención sostenida.


Rompiendo estigmas


A pesar de su alta prevalencia estimada en torno al 5% de la población infantil mundial según la OMS, el TDAH sigue rodeado de mitos: se le confunde con “mal comportamiento”, “pereza” o “exceso de energía”. Estas visiones reduccionistas generan estigma y retrasan el acceso al diagnóstico y al tratamiento, impactando negativamente el desarrollo personal y académico de quienes lo padecen.


El conocimiento actual permite afirmar con certeza que el TDAH no es un problema de voluntad, sino una diferencia neuropsicológica real, cuyo reconocimiento temprano mejora de forma significativa la calidad de vida.



 
 
 

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