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SUICIDIO: Un análisis crítico del malestar subjetivo como fenómeno social.

  • Foto del escritor: Ps. Gabriel Claussen
    Ps. Gabriel Claussen
  • 9 dic 2025
  • 5 Min. de lectura



El objetivo en este artículo es analizar el suicidio desde una perspectiva crítica, entendiendo que la conducta suicida no puede reducirse a un problema individual ni meramente clínico, sino que debe ser comprendida como expresión de contradicciones históricas y materiales propias del sistema estructural actual. Desde esta perspectiva, el suicidio se inscribe en un entramado estructural marcado por la explotación, la precariedad vital, la alienación y la violencia sistémica, lo que obliga a situar el sufrimiento psíquico dentro de las dinámicas de producción y reproducción social del sistema. Se argumenta que la responsabilidad social frente al suicidio exige no solo políticas de salud mental, sino transformaciones profundas en las condiciones materiales de existencia.


Desde una mirada basada en la tradición crítica, el sufrimiento humano no se considera una falla moral o psicológica autónoma, sino un producto histórico, inseparable de las relaciones de producción que determinan la vida en sociedad. El suicidio como fenómeno complejo, multidimensional y profundamente humano, ha sido persistentemente analizado en clave individualista, despolitizado y reducido a factores internos del sujeto. Sin embargo, desde este punto de vista, esta reducción encubre el papel que juegan las condiciones materiales, las relaciones de clase y la organización social del trabajo en la génesis de la desesperanza subjetiva.


Lejos de ser un acto aislado, el suicidio es un síntoma que emerge de un orden social construido sobre la desigualdad, la explotación y la alienación del ser humano respecto de su propia vida.


La tradición crítica ha insistido en que la subjetividad humana está radicalmente condicionada por la estructura social. Las decisiones individuales, incluso las más íntimas, se encuentran mediadas por la posición de clase, las condiciones económicas y la distribución desigual de los recursos materiales y simbólicos.


El suicidio, en este sentido, no puede comprenderse sin atender a:


  • La precarización de la existencia, que produce inseguridad permanente.

  • La alienación, que disloca al sujeto de su trabajo, de los otros y de sí mismo.

  • La mercantilización de la vida, que subordina la dignidad humana al valor de cambio.

  • La fragmentación comunitaria, que rompe la solidaridad y crea individuos aislados.

  • La medicalización del malestar, que privatiza el sufrimiento y oculta las causas estructurales.


Estas dimensiones no eliminan la singularidad del sufrimiento subjetivo, pero sí permiten ubicarlo dentro de un campo social que lo condiciona.


Existen cuatro formas de alienación: del producto, del proceso de trabajo, de la esencia humana y de los otros. Todas ellas tienen repercusiones directas sobre el psiquismo.


Hoy, en el capitalismo neoliberal, estas alienaciones se intensifican:


  • El trabajo se vuelve intercambiable, despojado de sentido.

  • La vida cotidiana se organiza según la lógica del rendimiento y la competencia.

  • La identidad se vuelve frágil, medida por productividad, éxito y consumo.

  • La comunidad desaparece como espacio de apoyo, reemplazada por vínculos instrumentales.


El resultado es una subjetividad marcada por la soledad estructural, la experiencia de inutilidad, la pérdida de valor propio y la sensación de no pertenecer. Estas condiciones crean el caldo de cultivo para el aumento sostenido de las tasas de suicidio, particularmente entre jóvenes, mujeres precarizadas, trabajadores informales y adultos mayores abandonados por el Estado social.

El suicidio no es entonces solo una tragedia individual: es una expresión extrema de alienación y desarraigo en una sociedad que ha hecho de la vida un objeto descartable.


En la perspectiva crítica, la violencia no se entiende solo como daño directo, sino como el ejercicio permanente de condiciones que imposibilitan una vida digna. Esta forma de violencia —que Johan Galtung y luego la tradición reinterpretaron como violencia estructural— se expresa en:


  • Desempleo y subempleo crónicos.

  • Jornadas laborales extenuantes.

  • Endeudamiento masivo.

  • Acceso desigual a salud y educación.

  • Precariedad habitacional.

  • Exclusión territorial de comunidades enteras.


Cuando la vida se reduce a sobrevivir, la desesperanza no es un fenómeno psicológico, sino un efecto político de un sistema que produce sujetos desechables.

El suicidio, en este marco, puede ser leído como la manifestación extrema de esta violencia: una vida que no encuentra espacio dentro del orden social vigente.


El sistema actual tiene una capacidad notable para privatizar el fracaso y colectivizar la culpa del individuo. La ideología dominante promueve explicaciones centradas en la biología, la voluntad o los factores psicológicos, reduciendo el suicidio a un asunto íntimo. Así, se ocultan las causas estructurales y se responsabiliza al individuo por no adaptarse a un sistema que lo enferma.

La industria farmacéutica, los discursos de autoayuda y la psicología despolitizada contribuyen a esta operación ideológica. Allí donde existe sufrimiento colectivo, se produce atomización subjetiva; donde hay precariedad estructural, aparece la narrativa del “manejo emocional”. La lógica del capital convierte el malestar en una falla personal, desactivando cualquier lectura política.

Desde un enfoque marxista, la pregunta no es “¿por qué esta persona se suicida?”, sino:¿Qué tipo de sociedad produce tal nivel de desesperanza que el suicidio aparece como salida concebible?


Las generaciones nacidas bajo este sistema político-economico-scial enfrentan condiciones inéditas:


  • Futuro incierto.

  • Precariedad laboral.

  • Endeudamiento educativo.

  • Crisis ecológica.

  • Sobre exigencia emocional y productiva.


Esta juventud vive en una tensión constante entre el mandato de éxito y la imposibilidad material de alcanzarlo. Esta contradicción produce subjetividades desgarradas, donde el suicidio se convierte en el extremo de una vida vivida bajo presión estructural.

Aquí la perspectiva crítica aporta una clave ineludible: la juventud no fracasa; es el sistema el que fracasa en ofrecer condiciones de vida mínimamente humanas.


Continuando con esta perspectiva, la responsabilidad social frente al suicidio implica transformaciones estructurales. No basta con:


  • Líneas telefónicas de ayuda.

  • Programas escolares de contención emocional.

  • Aumento de psicólogos en atención primaria.


Estas medidas son necesarias, pero insuficientes.

Un enfoque transformador exige:


  1. Trabajo digno y estable como derecho humano.

  2. Vivienda accesible y seguridad material garantizada.

  3. Salud mental universal sin barreras económicas.

  4. Educación no competitiva y sin endeudamiento.

  5. Políticas contra el aislamiento social.

  6. Redistribución de la riqueza para reducir desesperanza estructural.

  7. Reparación de la comunidad, donde la solidaridad vuelva a ser la lógica dominante.


La prevención real del suicidio es inseparable de la lucha por condiciones de vida dignas.


Entonces, como conclusión podríamos indicar que, el suicidio, desde un enfoque crítico, no es una elección individual descontextualizada, sino una respuesta desesperada ante una realidad material y simbólica que niega la posibilidad de vivir plenamente. El sistema genera subjetividades agotadas, alienadas y desprovistas de comunidad, creando condiciones donde el sufrimiento se vuelve insoportable.


Por eso, la verdadera responsabilidad social consiste en transformar las estructuras que producen desesperanza y poner en el centro una vida que valga la pena ser vivida. Ninguna estrategia de salud mental será suficiente si no se modifican las condiciones materiales que la sociedad ha naturalizado como inevitables.

En suma: prevenir el suicidio es luchar por una sociedad emancipada del capital, donde la vida humana ya no sea un costo más del proceso de acumulación, sino el fundamento mismo de lo común.

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