El suicidio: comprendamos un fenómeno humano complejo
- Ps. Gabriel Claussen

- 9 dic 2025
- 3 Min. de lectura

El suicidio constituye un profundo desafío en materia de salud mental , social y comunitaria, que nos coloca en un estado de emergencia. Más que un acto aislado o repentino, suele ser la expresión extrema de un sufrimiento que se ha vuelto intolerable para la persona. La literatura especializada en clínica y epidemiología describe el suicidio como un fenómeno multifactorial, en el que convergen elementos psicológicos, médicos, sociales, materiales y culturales. Comprenderlo exige evitar reducciones simplistas y reconocer que no se trata de una “decisión libre” tomada en condiciones normales, sino de un estado de alta vulnerabilidad donde se altera la capacidad de evaluar alternativas, regular emociones y proyectarse hacia el futuro.
El sufrimiento subjetivo y los factores de vulnerabilidad
Las investigaciones han mostrado que la conducta suicida rara vez surge sin antecedentes. Habitualmente se enmarca en contextos de:
Dolor emocional intenso, asociado a sentimientos de desesperanza, inutilidad o autoevaluaciones extremadamente negativas.
Trastornos mentales, particularmente depresivos, afectivos, psicóticos y por uso de sustancias, todos ellos incluidos en el capítulo 06 de la CIE-11 como condiciones que pueden generar deterioro significativo en la cognición, la regulación emocional o el comportamiento
Factores psicosociales, como aislamiento, pérdidas significativas, violencia, dificultades económicas o conflictos interpersonales persistentes.
Factores biográficos, entre ellos eventos traumáticos tempranos o trayectorias de inestabilidad afectiva.
No obstante, ninguno de estos factores por sí solo “explica” el suicidio. El riesgo emerge de su interacción dinámica, en un proceso que puede intensificarse en períodos de estrés o crisis.
El rol de los trastornos mentales en la comprensión del riesgo
Los Manuales de diagnosticos como el CIE 11 y el DMS-5 TR describen los trastornos depresivos como estados caracterizados por humor persistentemente bajo, pérdida de interés, disminución de energía y deterioro funcional; estos cuadros pueden incluir ideación suicida, aunque la base disponible no provee el fragmento específico donde se detalla este aspecto. Del mismo modo, algunos trastornos psicóticos pueden presentar síntomas como delirios o percepciones alteradas que incrementan la vulnerabilidad, sobre todo cuando se asocian a sentimientos de amenaza o desesperanza.
Importante es señalar que la presencia de un trastorno mental no equivale a suicidio ni lo hace “inevitable”. Sí constituye un factor de riesgo relevante, porque compromete las capacidades de regulación emocional, toma de decisiones y búsqueda de ayuda.
Señales de alerta
Aunque los caminos hacia el suicidio son variados, existen señales frecuentes que requieren especial atención por parte de la familia, pares y comunidades educativas:
Cambios abruptos en el comportamiento o en el estado emocional.
Expresiones directas o indirectas de desesperanza (“no vale la pena seguir”, “soy una carga”).
Retraimiento social marcado.
Aumento del consumo de alcohol u otras sustancias.
Descuido significativo del autocuidado.
Conductas de riesgo no explicadas por otros motivos.
Estas señales no permiten diagnosticar, pero sí invitan a intervenir de forma temprana y profesional.
El contexto social importa: estigma y silenciamiento
El suicidio persiste como un fenómeno rodeado de estigma. En muchos entornos hablar del tema todavía se considera inapropiado, lo que dificulta su prevención. El silencio puede llevar a que las personas no busquen ayuda incluso cuando el sufrimiento es intenso.
Los enfoques contemporáneos promueven una mirada comunitaria: disminuir el estigma, facilitar el acceso a orientación en salud mental, fortalecer redes de apoyo y enseñar a la población a detectar señales y derivar oportunamente.
Hablemos de prevención: qué puede hacer cada nivel de la sociedad
A nivel individual
Tomar en serio cualquier expresión de ideación suicida.
Escuchar sin juicio, con disposición auténtica a comprender.
Acompañar a la persona a solicitar ayuda profesional.
En familias y escuelas
Promover una cultura donde hablar de emociones sea válido.
Mantener canales de comunicación estables.
Implementar protocolos claros de derivación ante riesgo.
En sistemas de salud y políticas públicas
Garantizar acceso oportuno a atención psicológica y psiquiátrica.
Integrar programas de prevención en comunidades educativas y laborales.
Desarrollar campañas de información basadas en evidencia.
Es una responsabilidad compartida
Prevenir el suicidio requiere comprender que no es un problema exclusivamente individual. Su abordaje exige coordinación entre sistemas de salud, educación, políticas sociales y comunidades locales. La evidencia muestra que, cuando las personas pueden expresar su malestar, acceder a apoyo profesional y contar con redes significativas, el riesgo disminuye de manera importante.







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