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Gabriel Claussen

Salud mental de las personas mayores.

  • Foto del escritor: Gabriel Claussen
    Gabriel Claussen
  • 25 may
  • 5 min de lectura

Diagnóstico, brechas y desafíos


Hablar de salud mental en la vejez o adultos mayores todavía incomoda. Durante años se instaló la idea de que la tristeza persistente, el aislamiento, la pérdida de memoria o el desgaste emocional eran parte “normal” de envejecer. Pero los datos muestran otra cosa: lo que muchas veces se naturaliza como edad es, en realidad, sufrimiento psíquico, carga de enfermedad y necesidad de cuidado. En Chile, la salud mental de las personas mayores dejó de ser un asunto periférico. Hoy es un tema sanitario, social y también ético.



El primer dato que obliga a mirar con seriedad este fenómeno es que la vejez en Chile está profundamente atravesada por las enfermedades crónicas. Según el Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, entre las personas de 60 años y más la hipertensión alcanza 52,4%, la diabetes 27,0%, el dolor crónico 21,5% y la depresión 14,6%. Es decir, la depresión ya aparece entre las condiciones crónicas más frecuentes en la población mayor, no como una nota al margen, sino como parte del cuadro central de salud en esta etapa de la vida.


Pero el problema no se agota en una cifra de depresión. La vejez en Chile se vive, muchas veces, bajo el signo de la multimorbilidad. Solo un 25,4% de las personas mayores no reporta enfermedades crónicas; 29,2% reporta una, 22,7% dos, 12,6% tres y 10,2% cuatro o más. El mismo reporte advierte, además, que un 15% de las personas mayores tiene más de cinco enfermedades crónicas. En otras palabras, la salud mental de este grupo no puede entenderse separada del dolor físico, la dependencia, la polifarmacia, el cansancio acumulado y la incertidumbre cotidiana que trae consigo vivir con varias patologías al mismo tiempo.


Por eso, mirar la salud mental de las personas mayores exige salir del reduccionismo clínico. No se trata solo de contar diagnósticos psiquiátricos, sino de comprender cómo el cuerpo, la memoria, la autonomía y los vínculos se entrelazan. Una persona mayor con dolor persistente, diabetes mal controlada, dificultades de movilidad y pérdida progresiva de funciones cognitivas no enfrenta problemas separados: vive una experiencia total de fragilidad que puede erosionar su bienestar emocional, su autoestima y su participación social. La salud mental, en este tramo de la vida, está hecha también de acceso a tratamiento, redes de apoyo, continuidad del cuidado y trato digno.


A nivel de carga de enfermedad, el panorama es todavía más elocuente. Un documento de la Superintendencia de Salud señala que las tres principales causas de pérdida de vida saludable por trastornos mentales en Chile son los trastornos depresivos, los trastornos por ansiedad y el alzhéimer y otras demencias. Esa tríada es particularmente reveladora para pensar la vejez: combina sufrimiento afectivo, desgaste emocional y deterioro cognitivo, es decir, tres dimensiones que golpean con especial fuerza a las personas mayores y a sus familias.


Mirando el asunto desde el sistema, además, aparece una jerarquía clara. Entre los problemas de salud mental cubiertos por GES, la depresión concentra casi 9 de cada 10 casos tratados, tanto en el sistema público como en el privado. En Fonasa, después de la depresión, el segundo problema en importancia es el alzhéimer y otras demencias, con 7,1% de los casos acumulados a diciembre de 2024. Este dato es importante por dos razones. Primero, porque muestra que la depresión sigue siendo el gran rostro visible del malestar mental en Chile. Segundo, porque confirma que las demencias ya no pueden ser tratadas solo como un asunto neurológico o geriátrico: son también una dimensión central de la salud mental del envejecimiento.


Sin embargo, el sistema llega tarde o llega con dificultad. El mismo documento advierte que la depresión concentra el mayor número de pacientes con retraso en el sistema público, y que tanto la depresión como el alzhéimer presentan un aumento sostenido de personas con garantía de oportunidad retrasada. Eso significa que, incluso cuando existe reconocimiento formal del problema, la respuesta efectiva sigue tensionada por la demanda, las listas de espera y las brechas de atención. La protección jurídica existe; la oportunidad real, no siempre.


El Estado, al menos en el papel, ha comenzado a reconocer esta urgencia. El plan Construyendo Salud Mental del gobierno del ex presidente Gabriel Boric identifica explícitamente a las personas mayores como grupo prioritario y propone iniciativas para mejorar la oferta asistencial de quienes viven con demencia y de sus cuidadores. Ese punto es decisivo, porque en la vejez la salud mental rara vez afecta a un individuo aislado: compromete hogares completos. Donde hay una persona con deterioro cognitivo, suele haber también una hija agotada, una pareja sobrecargada o una familia reorganizando su vida alrededor del cuidado.


De hecho, uno de los grandes errores del debate público ha sido pensar la salud mental de las personas mayores solo desde el consultorio. La vejez no se sostiene únicamente con psiquiatras, neurólogos o fármacos. Se sostiene con atención primaria fuerte, pesquisa oportuna, rehabilitación, apoyo comunitario, acompañamiento a cuidadores y políticas de cuidados capaces de impedir que la dependencia se convierta en abandono. Cuando la red falla, el costo no lo paga solo el sistema: lo paga la biografía de quienes envejecen sintiéndose una carga.


También conviene despejar un prejuicio: no toda la salud mental en la vejez se juega en la demencia. El envejecimiento chileno muestra una coexistencia de depresión, enfermedades crónicas, dolor y dependencia que obliga a mirar más allá de la memoria. Una política seria para personas mayores no puede limitarse a abrir cupos para Alzheimer; debe abordar el ánimo, el duelo, la soledad, la funcionalidad y la continuidad del cuidado como parte de un mismo problema sanitario y social.


Como conclusión podemos observar que Chile envejece, pero todavía no aprende del todo a acompañar ese envejecimiento. Seguimos celebrando que la esperanza de vida aumente, mientras miramos con demasiada tolerancia el sufrimiento silencioso de quienes llegan a viejos con dolor, tristeza, deterioro cognitivo o agotamiento familiar alrededor. La salud mental de las personas mayores no necesita compasión; necesita prioridad pública. Porque una sociedad se mide, entre otras cosas, por cómo trata a quienes ya trabajaron, cuidaron, criaron y hoy requieren ser cuidados. Y si en la vejez la respuesta sigue siendo esperar, postergar o naturalizar el malestar, entonces el problema no está solo en la salud mental de las personas mayores: está en la salud moral del país. Como dato conexo a la complejidad se observa que en cuanto al suicidio el grupo con mayor suicidios es justamente en personas mayores y el segundo grupo con más suicidio son los jovenes.



Referencias


  • González, A. (2024). Nota técnica: Salud mental en Chile: avances y desafíos. Centro de Políticas Públicas, Universidad Finis Terrae.


  • Leyton G., G. (2025). Salud mental y problemas de salud con GES: Uso en el sistema chileno de salud. Departamento de Estudios y Desarrollo.


  • Ministerio de Salud de Chile. (2024). Construyendo salud mental. Subsecretaría de Salud Pública; Subsecretaría de Redes Asistenciales.


  • Ministerio de Salud de Chile. (2025). Estrategia Nacional de Salud para el Cumplimiento de los Objetivos Sanitarios 2021-2030. Subsecretaría de Salud Pública, División de Planificación Sanitaria.


  • Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo. (2025). Viviendo con enfermedades crónicas: Perspectivas desde la población mayor.

 
 
 

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