¿Deberían los psicólogos mostrar abiertamente su posición política?
- Ps. Gabriel Claussen

- 1 dic 2025
- 9 Min. de lectura
¿O hacerlo daña su aparente rol neutral?

Mucho se ha hablado sobre si los profesionales de la salud mental deberían mostrar de manera abierta su posición política. Esto ha generado principalmente en redes sociales una polémica ya que muchos profesionales y pacientes han reaccionado de distintas formas frente al fenómeno en cuestión, producto de los resultados electorales obtenidos en Latinoamérica en los últimos años. Frente a esto, encontramos pacientes descontentos con la sorpresa de ver que los profesionales que los atendian tenian una postura política totalmente contraria a sus esquemas valoricos.
Bueno, por mi parte, desde mi posición como psicólogo trataré de referirme al tema de manera argumentativa y con elementos que permitan conocer, reflexionar y levantar, una opinión basada en una dimensión valida para integrarla a una discusión que es profunda y de interés, por lo menos, para una parte importante de la sociedad.
Para comenzar, como marco general tomaremos lo que nos plantea la psicología contemporánea, la cual, se rige por principios éticos de neutralidad metodológica, no daño, respeto por la autonomía, y evitación de la imposición ideológica. Estos lineamientos buscan asegurar que la intervención psicológica no module ni dirija el pensamiento político del consultante, no genere relaciones asimétricas de poder adicionales y que mantenga un espacio seguro donde las personas puedan explorar sus creencias sin temor a juicio. Por ello, la pregunta sobre si el psicólogo debe declarar su posición política se analiza siempre desde el impacto que tal declaración tendría en la relación terapéutica, pedagógica o evaluativa.
Debemos considerar que la imparcialidad como herramienta técnica no significa una neutralidad absoluta. Lo que significa que la psicología no exige “neutralidad total”, porque tal cosa no existe: todo profesional tiene valores, creencias y contextos. Lo que sí, se coloca como exigencia es neutralidad operativa, es decir, la capacidad de no usar el espacio profesional para promover ideologías personales, por tanto, no influir de manera indebida en las creencias del paciente, estudiante o evaluado y no responder desde prejuicios o sesgos que afecten el proceso.
Para algunos profesionales mostrar abiertamente una posición política puede dificultar esta neutralidad operativa, porque introduce un encuadre contaminado: el usuario podría sentir que debe adaptarse, callar o justificar sus creencias. Esto afecta la alianza de trabajo. Es en este sentido que, la psicología reconoce que el profesional ocupa una posición de autoridad simbólica. En tanto aquello, si revela su ideología política podría producir como resulatdo una inhibición a usuarios con creencias distintas, como también, aumentar la transferencia negativa o la desconfianza dentro de la alianza profesional paciente y/o ser percibido como proselitismo o sesgo profesional que impacta el resultado de diagnóstico.
"Para algunos profesionales mostrar abiertamente una posición política puede dificultar esta neutralidad operativa, porque introduce un encuadre contaminado: el usuario podría sentir que debe adaptarse, callar o justificar sus creencias. Esto afecta la alianza de trabajo".
Los códigos éticos internacionales (APA, EFPA, Colegio de Psicólogos) afirman que el psicólogo debe abstenerse de conductas que puedan generar perjuicio, incluso si no son intencionadas. Expresar opiniones políticas en el marco profesional es considerado una conducta que podría generar daño potencial porque prejuicia la relación terapéutica, puede organizar sesgos afectivos en la comunicación y/o puede activar conflictos ideológicos innecesarios. Por ello, muchos códigos recomiendan evitar manifestaciones políticas explícitas dentro del rol profesional.
¿SIGNIFICA ESTO QUE EL PSICÓLOGO NO PUEDE TENER POSICIÓN POLÍTICA?
Por supuesto que no. Más aún, todos los psicólogos tienen ideología, y su posición ética y teórica está situada en estructuras de pensamientos y valores que se alinean con su ideología. Comprendiendo esto, lo que exige la psicología es no usar el rol profesional para difundirla, no contaminar la relación profesional con ella y reconocer críticamente los propios sesgos. Por tanto, la psicología no demanda apoliticidad, sino responsabilidad institucional y técnica.
Para aquellos que sostienen esta posición, es importante considerar que expresar de forma abierta la posición política del psicólogo dentro del espacio profesional puede comprometer la neutralidad operativa y, por ende, generar daño potencial.
Pensamiento crítico del Psicoanálisis
Existe un tipo de pensamiento crítico que emana del psicoanálisis y que me parece importante, por lo menos, para esta discusión. En el psicoanálisis clásico, la “neutralidad” no implica ausencia de posición personal, sino que el analista evita poner su deseo en el lugar del deseo del paciente. Se sostiene que el analista debe ofrecer una “atención parejamente flotante” y evitar dirigir el pensamiento del paciente mediante sus propias convicciones. Esto incluye, aunque Freud no lo tematizó explícitamente, las convicciones políticas. Pero, tal cual, como en el pensamiento de la psicología contemporánea esta neutralidad nunca es absoluta. Acá, el analista siempre tiene un posicionamiento personal, pero no debe convertirlo en directriz para el analizante y/o utilizarlo para reforzar adhesiones ideológicas preformadas. Entonces, la neutralidad es una posición técnica, no una cualidad moral ni una supuesta “ausencia de ideología”.
Por otro lado, desde la escuela de Lacan se observa que se cuestiona frontalmente la idea de un terapeuta “neutral” en sentido ingenuo. Lo que significa que, lo decisivo no es la supuesta falta de opinión, sino la función del analista como soporte del deseo del sujeto, lo cual obliga a: no tomar el lugar del Yo Ideal del paciente, no responder desde un ideal político, religioso o moral y evitar encarnar un “sujeto supuesto saber” que instruya sobre cómo debe ser el mundo. Entonces, mostrar abiertamente la propia posición política puede desplazar el dispositivo analítico a un espacio pedagógico o militante, transformando al analista en portador de una verdad sobre lo social, en lugar de permitir que el paciente articule su propia relación con el discurso político. Acá, podríamos tomar lo que en algun momento se entiende de Lacan respecto que el analista no debe tapar el agujero del sujeto con sus propias identificaciones. Mostrar convicciones políticas de manera explícita puede producir exactamente ese efecto.
"El analista siempre tiene un posicionamiento personal, pero no debe convertirlo en directriz para el analizante y/o utilizarlo para reforzar adhesiones ideológicas preformadas".
Una vertiente más crítica dentro de este pensamiento plantea que el mito liberal de la “neutralidad”, no considera que, toda práctica discursiva está atravesada por la ideología, incluyendo la psicología clínica. Pretender estar “por encima” de lo político es una posición política en sí misma, una forma de desactivar el conflicto constitutivo de lo social. Sin embargo, también se advierte que cuando un profesional se declara políticamente en contextos asimétricos, como es el caso de una relación terapéutica, puede caer en una forma de violencia simbólica, lo que quiere decir, imponer un marco ideológico que el otro podría sentir como norma o mandato. Por tanto, lo importante no es “decir o no decir la posición política”, sino cómo operar éticamente dentro de la estructura del discurso evitando que la ideología propia se convierta en orden o identificación obligatoria.
Lo importante desde esta perspectiva es que, el problema no se enfoca necesariamente en mostrar su posición política sino que, cuando se realiza ante pacientes, en contextos clínicos, forenses, educativos o de evaluación, o se Introduce un eje de identificación o rechazo que modifica la transferencia por ejemplo, frente al contenido que presenta el paciente, o cuando crea la impresión de que existe una “opinión correcta” sostenida por la autoridad psicológica. Es en estos casos, que la exposición política puede dañar la función profesional, porque introduce la posición del psicólogo como significante amo.
Por otro lado, sin embargo, no declararla tampoco garantiza neutralidad, porque lo importante es que no existe una práctica “apolítica” puesto que, el psicólogo trabaja siempre dentro de discursos sociales, está atravesado por ideologías, y su práctica responde a estructuras institucionales y simbólicas. Lo relevante no es silenciar lo político, sino no utilizar la posición profesional para influir ideológicamente al consultante.
Entonces, encontramos que la posición más consistente con el psicoanálisis es esta, el psicólogo no debe poner en primer plano su posición política en el espacio clínico, no porque deba ser “neutral”, sino porque la transferencia se vería colonizada por identificaciones ideológicas. El sujeto podría inhibir aspectos de su decir, el psicólogo podría transformarse en autoridad moral o política y se perdería la asimetría justa del dispositivo: que el profesional sostenga un lugar vacío para que el discurso del otro emerja. Pero, claramente, fuera del ámbito clínico, en los debate público, investigación, docencia, análisis social, el psicólogo puede y debe participar políticamente, pero sin trasladar esa posición al espacio terapéutico.
Claramente, hasta acá una formulación precisa sería que, no es que los psicólogos “debieran ocultar” su posición política; más bien, no deben hacerla operar dentro del dispositivo clínico como verdad orientadora. La ética psicoanalítica exige no imponer ni sugerir identificaciones. La teoría crítica revela que toda posición es ideológica, pero también advierte que la ideología del profesional puede ejercer violencia simbólica si se enuncia desde un lugar de autoridad. Por ello, es que se plantea que el psicólogo puede tener una posición política, pero no debe convertirla en coordenada explícita del vínculo profesional, ya que ello interfiere con el espacio de enunciación del sujeto y con la función del analista como soporte del deseo y no del Ideal.
"Pero, claramente, fuera del ámbito clínico, en los debate público, investigación, docencia, análisis social, el psicólogo puede y debe participar políticamente, pero sin trasladar esa posición al espacio terapéutico".
Pero ¿Qué sucede si el paciente trata de esclarecer su problemática relacionándolas con los conflictos políticos sociales del lugar donde vive?
Acá lo importante es concebir que la subjetividad no está aislada del campo social. El malestar es siempre histórico, simbólico y situado. Por tanto, es legítimo y clínicamente pertinente que un paciente intente pensar su sufrimiento articulándolo con desigualdades, crisis económicas, violencia institucional, discriminación o precariedad. Por tanto, no corresponde desalentar esa vía de pensamiento, porque sería equivalente a pedirle al sujeto que censure una dimensión de su experiencia. La política, en este sentido, entra por la puerta del paciente, no por la del psicólogo.
Lo que no significa convertir la sesión en un análisis político externo. Que el paciente hable de política no autoriza al psicólogo a validar una ideología como verdadera o correcta, explicar la coyuntura política desde su saber profesional, Ofrecer lecturas militantes, O proponer soluciones colectivas desde la consulta. Hacerlo desplazaría la función clínica hacia una pedagogía ideológica, que Lacan considera una deformación del dispositivo. El centro debe seguir siendo qué efecto subjetivo tiene lo político en ese sujeto, no lo político en sí mismo.
Avancemos en un ejemplo:
Un paciente se encuentra en la consulta y plantea que: “Mi ansiedad viene de la situación política del país.” El analista no puede responder “Tiene razón, es culpa del gobierno” por que estaría produciendo una identificación ideológica positiva en favor del psicólogo, o “No mezcle política con su vida emocional” porque estaría censurando el material que presenta el usuario o paciente. Por el contrario, la operación de trabajo debe ser otra. Se debe interrogar la posición subjetiva del paciente frente a ese discurso con preguntas parecidas a:
¿Qué lugar ocupa él en ese relato político?
¿Cómo se significa a sí mismo dentro de esa estructura social?
¿Qué pérdida, amenaza o demanda articula ese escenario?
¿Qué goce emerge al narrar el conflicto social?
¿Qué fantasma organiza su malestar en relación con lo político?
Esto permite que el sujeto pase del enunciado de la política al enunciador de su posición deseante.
"La política, en este sentido, entra por la puerta del paciente, no por la del psicólogo".
Se debe resaltar que los conflictos políticos no son meras “opiniones” del sujeto, sino marcos ideológicos que organizan su percepción de la realidad y de sí mismo. Por tanto, cuando un paciente vincula su sufrimiento con lo político, esto revela la existencia de una fantasía estructurante con ideas sobre quién es el “enemigo”, quién es el “perseguidor”, quién es el “culpable”, etc. Puede ser además, un modo de asumir la falta o el trauma a través del discurso social. O una articulación entre goce y poder (goce de indignación, goce de superioridad moral, goce de victimización, goce de pertenencia a un colectivo, etc.). Entonces, el trabajo clínico consiste en leer esa fantasía y su función en la economía psíquica del paciente, no en corregirla o compartirla.
El psicólogo debe permitir lo que se llama la emergencia del discurso político. No se puede prohibir o desviar el tema porque sería negar una dimensión constitutiva del malestar contemporáneo. Cualquier toma de posición explícita del psicólogo opera como significante amo, organizando la relación intersubjetiva en torno a un ideal o a un antagonismo innecesario. Se debe trabajar el conflicto desde ¿Es este conflicto político la causa?” centrándose en lo importante:
¿Qué significa para usted ese conflicto?
¿Qué lugar se atribuye dentro de esa escena?
¿Cómo se articula su historia personal con ese malestar social?
¿Qué deseo, temor o fantasía se activa allí?
La clínica no niega lo social, pero se orienta por lo singular del sujeto. El psicólogo no puede plantear: que el problema de su paciente no es político, es psicológico, o Su problema es político, no psicológico. Sino que su trabajo opera allí donde ambos discursos se trenzan.
Pero ¿Qué sucede si el conflicto político produce daño material o simbólico? La psicología no desconoce la violencia real: pobreza, represión, racismo, desempleo, discriminación, violencia de género, exclusión educativa. Cuando la dimensión social es material, el psicólogo debe validar la realidad del sufrimiento, nombrar la materialidad del daño, Y trabajar clínicamente las marcas subjetivas que este produce. Pero siempre evitando caer en la explicación totalizante:“No sufre por su historia, sino por la sociedad.” Esta tesis borra al sujeto.
Para finalizar, se entiende que la política puede entrar, pero el psicólogo no debe instalar la suya. Cuando el paciente trae lo político, eso se trabaja. Lo que no se hace es reemplazar la subjetividad del paciente por la posición política del terapeuta. La regla clínica más consistente es:
El psicólogo debe acompañar la articulación del malestar político en la subjetividad del paciente, sin convertir ese malestar en argumento ideológico ni en plataforma para sus propias convicciones políticas.




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