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Gabriel Claussen

Ansiedad: cómo entenderla y abordarla

  • Foto del escritor: Gabriel Claussen
    Gabriel Claussen
  • 25 may
  • 6 min de lectura


La ansiedad no es, en sí misma, una enfermedad ni una señal de debilidad. Es una respuesta normal del organismo cuando interpreta que algo puede ser peligroso, incierto o difícil de manejar. El problema aparece cuando esa alarma se activa con demasiada frecuencia, con demasiada intensidad o en situaciones donde no hay un peligro real proporcional.


Desde la Terapia Cognitivo-Conductual, la ansiedad se entiende como una experiencia que combina cuerpo, pensamientos, emociones y conducta. No es solo “estar nervioso”: puede incluir palpitaciones, tensión muscular, respiración agitada, pensamientos de catástrofe, necesidad de escapar, búsqueda excesiva de seguridad o evitación de situaciones temidas. El modelo cognitivo de Beck destaca que en la ansiedad suelen activarse creencias de amenaza o peligro, junto con una tendencia a sobreestimar el riesgo, subestimar los propios recursos y evitar aquello que se teme.


No es solo “estar nervioso”: puede incluir palpitaciones, tensión muscular, respiración agitada, pensamientos de catástrofe, necesidad de escapar, búsqueda excesiva de seguridad o evitación de situaciones temidas.

Muchas personas intentan eliminar la ansiedad de inmediato: distraerse, escapar, evitar, pedir tranquilidad una y otra vez o controlar todo. Estas estrategias alivian a corto plazo, pero pueden mantener el problema. La evitación enseña al cerebro: “si escapé y me calmé, entonces eso era peligroso”. Así, la próxima vez la ansiedad aparece con más fuerza.

Una idea más útil es esta: la ansiedad no necesita ser obedecida ni eliminada de golpe; necesita ser comprendida, regulada y entrenada.


Para que puedas comprender tu ansiedad seria bueno realzar las siguientes preguntas:


  • ¿Qué situación activó mi ansiedad?

  • ¿Qué pensé que podía pasar?

  • ¿Qué sentí en el cuerpo?

  • ¿Qué hice para protegerme o escapar?

  • ¿Qué consecuencia tuvo eso a corto y largo plazo?


Pequeños análisis como estos ayudan a pasar de “me pasa algo horrible” a “estoy dentro de un ciclo que puedo aprender a modificar”.


Cuando la ansiedad sube, el cuerpo se prepara para luchar, huir o protegerse. Por eso puede haber taquicardia, sudoración, presión en el pecho, nudo en el estómago, temblor o sensación de falta de aire. Estos síntomas son molestos, pero no siempre son peligrosos.


Una estrategia inicial es la respiración lenta y regular. Algunos expertos recomiendan ejercicios de respiración controlada para sentirse más calmado, por ejemplo respirar en un ritmo estable durante unos minutos . Puedes probar así:


Inhala suavemente durante 3 segundos.

Mantén el aire 2 segundos.

Exhala durante 3 o 4 segundos.

Repite durante 3 a 5 minutos.


La relajación muscular progresiva también puede ayudar, especialmente cuando hay tensión corporal. Sin embargo, no todo ejercicio de relajación funciona igual para todo el mundo. Algunos textos clínicos advierten que en ciertas personas la relajación o la meditación pueden aumentar transitoriamente la ansiedad, por lo que conviene aplicarlas con flexibilidad y sin convertirlas en una nueva obligación.


En el ámbito del pensamiento, la ansiedad suele hablar en lenguaje de urgencia: “va a salir mal”, “no podré soportarlo”, “me va a pasar algo”, “haré el ridículo”, “esto será terrible”. No se trata de repetir frases positivas vacías, sino de examinar si esos pensamientos son útiles, realistas y completos.


Para lograr saber sobre su utilidad, realidad o si son pensamiento completos puedes usar tres preguntas sencillas:


¿Qué evidencia tengo de que esto ocurrirá?

¿Qué evidencia tengo de que quizá no ocurra o no sea tan grave?

¿Qué le diría a una persona querida si estuviera pensando esto?


La idea es que estas preguntas te permitan cambiar “me voy a desmayar en la reunión” por “estoy teniendo síntomas de ansiedad; son incómodos, pero ya los he sentido antes y han bajado” no elimina mágicamente la ansiedad, pero reduce la amenaza percibida.


La psicoterapia cognitivo-conductual trabaja precisamente con estos vínculos entre pensamientos, emociones y conductas. La Terapia Cognitivo Conductual (TCC) como un enfoque que ayuda a identificar pensamientos automáticos inexactos o dañinos, cuestionarlos y modificar patrones de conducta que mantienen el malestar.


Evitar puede parecer una solución, pero muchas veces es el combustible de la ansiedad. Si una persona teme hablar en público y evita cada presentación, nunca le da al cerebro la oportunidad de aprender que puede tolerarlo.


La exposición consiste en acercarse gradualmente a lo temido, de forma planificada y repetida. No significa lanzarse brutalmente a la situación más difícil, sino construir una escalera.


Ejemplo en los casos de la ansiedad social, podrían realizarse paso a paso estas acciones.


  1. Saludar brevemente a un vecino.

  2. Hacer una pregunta sencilla en una tienda.

  3. Llamar por teléfono para pedir información.

  4. Opinar en una reunión pequeña.

  5. Hacer una presentación breve.


Los manuales de TCC describen la exposición como una técnica central para reducir la ansiedad asociada a estímulos temidos, insistiendo en mantenerse en contacto con la situación el tiempo suficiente para permitir nuevo aprendizaje . La desensibilización sistemática también utiliza jerarquías graduadas y escalas subjetivas de ansiedad para ordenar las situaciones de menor a mayor dificultad.


Recuerda que: La regla práctica es: avanza lo suficiente para aprender, no tanto como para desbordarte.

Las conductas de seguridad son acciones que parecen ayudarte, pero mantienen la idea de peligro. Por ejemplo: llevar siempre medicación “por si acaso” sin indicación médica, sentarte siempre cerca de la salida, revisar diez veces un mensaje antes de enviarlo, pedir confirmación constante, evitar mirar a los ojos o usar el móvil para no interactuar.


No hay que quitarlas todas de golpe. Elige una y redúcela gradualmente. Por ejemplo, si revisas un correo diez veces, bájalo a cinco; luego a tres; luego a una revisión razonable.


El objetivo no es sufrir más, sino aprender: “puedo afrontar esto con menos protección de la que creía”.


Un elemento importante de la ansiedad es que no ocurre en el vacío sino dentro de un contexto. Puede aumentar en contextos de exigencia, conflicto, sobreprotección, falta de apoyo, comunicación ambigua o presión familiar. Desde la terapia sistémica, los síntomas se comprenden dentro de redes de relación: familia, pareja, trabajo, escuela, cultura y roles cotidianos. El enfoque sistémico subraya que muchos comportamientos que parecen incomprensibles si miramos solo al individuo adquieren sentido al observarlos en su contexto relacional.


Esto no significa culpar a la familia, la pareja o las personas que nos rodean. Significa ampliar la pregunta:


  • ¿Con quién aumenta mi ansiedad?

  • ¿En qué situaciones me siento más evaluado o menos libre?

  • ¿Quién me ayuda a afrontar y quién, sin querer, refuerza mi evitación?

  • ¿Qué conversaciones pendientes estoy transformando en preocupación?


A veces, abordar la ansiedad implica también aprender a pedir ayuda, poner límites, negociar responsabilidades o hablar de necesidades de forma más directa.


Cuidar aquello que nos parece básico pero dañan nuestra vivencias como lo es dormir mal, comer de forma irregular, vivir sin descanso, aislarse o no moverse puede aumentar la vulnerabilidad a la ansiedad. Se recomienda hábitos de cuidado como ejercicio regular, alimentación e hidratación adecuadas, conexión social y revisión de pensamientos negativos o poco útiles.


Es importante comprender que no conviene presentar estos hábitos como una cura milagrosa. Son la base fisiológica y conductual que hace más fácil aplicar otras estrategias. Un cerebro agotado regula peor la amenaza.

Lo más importante es comprender lo necesario e importante que es consultar con un profesional cuando la ansiedad limita tu vida, te hace evitar actividades importantes, afecta el sueño, la alimentación, el trabajo, los estudios o las relaciones, aparece con ataques de pánico frecuentes, se acompaña de consumo problemático de sustancias o incluye ideas de autolesión.


Además, se señala que la ansiedad ocasional forma parte de la vida, pero los trastornos de ansiedad implican miedo o preocupación persistente que no desaparece, aparece en muchas situaciones y puede empeorar con el tiempo . También recomienda buscar ayuda si los síntomas son intensos o angustiosos y se mantienen durante dos semanas o más.


Como para concluir, el abordar la ansiedad no consiste en volverse una persona siempre tranquila. Consiste en aprender a reconocer la alarma, regular el cuerpo, revisar los pensamientos de amenaza, reducir la evitación, exponerse gradualmente a lo importante y revisar los contextos relacionales que mantienen el problema.


La meta no es “no sentir ansiedad nunca”, sino poder decir: “puedo sentir ansiedad y aun así actuar de acuerdo con lo que importa”.

Referencias


  • Moreno Fernández, A. (Ed.). (2015). Manual de terapia sistémica: Principios y herramientas de intervención. Desclée De Brouwer.

  • National Institute of Mental Health. (s. f.). Caring for your mental health.

  • National Institute of Mental Health. (s. f.). Psychotherapies.

  • Ruiz Fernández, M. Á., Díaz García, M. I., & Villalobos Crespo, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo conductuales. Desclée De Brouwer.

  • Zuluaga Mejía, D. (2015). Manual práctico de terapia cognitivo conductual. Universidad de Manizales.

 
 
 

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