NNA migrantes en Chile: crecer entre la pobreza y la búsqueda de pertenencia
- Gabriel Claussen
- 21 jun
- 14 min de lectura

La base principal de este artículo son los datos recopilados de UNICEF Chile sobre niñez y adolescencia, el Informe de Desarrollo Social 2025, el artículo sobre bienestar subjetivo infantil y la tesis sobre pobreza y bienestar socioemocional infantil. Los datos centrales utilizados indican que en Chile que el 7,9% de estudiantes del sistema escolar son migrantes; y que el 38,5% de los NNA nacidos fuera de Chile vive en pobreza por ingresos.
La discusión sobre migración en Chile suele activar discusiones adultas: empleo, fronteras, seguridad, servicios públicos, vivienda o regularización. Sin embargo, detrás de esas discusiones hay un grupo que muchas veces queda en segundo plano: los niños, niñas y adolescentes migrantes. Ellos no migran como cifras, ni como expedientes administrativos, ni como “problema público”. Migran como sujetos en desarrollo, con historias familiares, pérdidas, aprendizajes, vínculos, miedos y expectativas.
En Chile viven actualmente 313.539 niños, niñas y adolescentes migrantes. Esto equivale al 6,3% de la población de niños, niñas y adolescentes del país. La cifra muestra que la niñez migrante no es un fenómeno marginal ni pasajero. Forma parte de la realidad cotidiana de escuelas, barrios, centros de salud, municipios y servicios sociales.
La distribución por edad también es relevante: el 36,4% de los NNA migrantes tiene entre 0 y 9 años; el 32,2% entre 10 y 14 años; y el 31,3% entre 15 y 19 años. Esto significa que la migración infantil atraviesa todas las etapas del desarrollo: primera infancia, niñez escolar y adolescencia. Por lo tanto, no basta con pensar en la migración desde la política fronteriza o laboral. Hay que pensarla desde la crianza, la escuela, la salud mental, la inclusión social, la convivencia comunitaria y el derecho a una vida digna.
Una pregunta central es entonces: ¿en qué condiciones están creciendo los niños, niñas y adolescentes migrantes en Chile?
La respuesta que entregan los datos es compleja. Por un lado, existe una presencia importante de estudiantes migrantes en el sistema escolar, lo que muestra que la escuela chilena se ha convertido en uno de los principales espacios de integración. Por otro lado, los NNA nacidos fuera de Chile presentan una situación de pobreza por ingresos muy superior al promedio nacional de la infancia. Esta combinación revela una tensión decisiva: Chile incorpora a la niñez migrante, pero no siempre logra garantizar condiciones materiales suficientes para su bienestar.
Cuando observamos la niñez migrante en números se identifica una presencia significativa en el país. Chile tiene una población de 4.493.995 personas entre 0 y 19 años, equivalente al 24,3% de la población total del país. Dentro de ese universo, los NNA migrantes representan el 6,3%. Esto quiere decir que, en términos simples, aproximadamente 6 de cada 100 niños, niñas y adolescentes que viven en Chile son migrantes.
Pero la cifra no debe entenderse solo como un porcentaje solamente. Cada niño o niña migrante vive una trayectoria particular: algunos nacieron fuera de Chile y llegaron durante la infancia; otros llegaron siendo adolescentes; otros forman parte de familias que se han asentado recientemente; y otros han construido buena parte de su vida escolar y social en Chile. En todos los casos, su bienestar depende de múltiples factores: estabilidad familiar, acceso a vivienda, matrícula escolar, redes de apoyo, situación económica, trato comunitario y reconocimiento institucional.
La presencia de NNA migrantes obliga a mirar el país desde una perspectiva más amplia. Chile ya no puede pensarse como una sociedad homogénea. La infancia actual es más diversa en origen nacional, cultura, acento, historia familiar y experiencia territorial. Esa diversidad puede ser una riqueza social, pero solo si existen condiciones reales de inclusión.
El problema es que la inclusión no ocurre automáticamente. No basta con vivir en Chile, entrar a una escuela o estar registrado en una estadística. Para que exista inclusión efectiva, los niños y niñas migrantes deben poder acceder a derechos, construir vínculos, sentirse seguros, participar, aprender y proyectar su futuro.
Sobre esta realidad, la escuela como puerta de entrada a la sociedad chilena. Uno de los datos más importantes es que el 7,9% de los estudiantes del sistema escolar chileno son migrantes. Esto convierte a la escuela en uno de los espacios más relevantes para la integración de la niñez migrante.
La escuela no es solo un lugar donde se aprende lenguaje, matemáticas o historia. Para un niño migrante, la escuela puede ser el primer espacio estable de pertenencia en el país de llegada. Allí conoce pares, aprende códigos culturales, incorpora nuevas formas de hablar, se enfrenta a normas institucionales, encuentra adultos significativos y comienza a construir una identidad entre el país de origen y el país de residencia.
Sin embargo, la escuela también puede ser un espacio de tensión. Un estudiante migrante puede enfrentar diferencias curriculares, dificultades de adaptación, discriminación, burlas por su acento, racismo, aislamiento social o barreras administrativas. Los archivos que fueron revisados no entregan datos específicos sobre rendimiento, asistencia, repitencia o desvinculación escolar diferenciados exclusivamente para estudiantes migrantes. Por tanto, no se puede afirmar, con base en estos documentos, que los estudiantes migrantes tengan peores resultados escolares que los no migrantes.
Lo que sí se puede afirmar es que la escuela chilena tiene un desafío estructural: integrar a una población estudiantil cada vez más diversa en un sistema que ya arrastra fuertes desigualdades socioeconómicas. Los datos generales sobre aprendizaje muestran brechas profundas según grupo socioeconómico. Por ejemplo, en 4° básico, el porcentaje de estudiantes que alcanza niveles adecuados de lectura es mucho mayor en el grupo socioeconómico alto que en el bajo. En 2° medio, las diferencias también son marcadas, especialmente en matemáticas.
Esto importa porque muchos NNA migrantes viven en hogares con condiciones económicas más vulnerables. Por lo tanto, el desafío no es solo “integrar culturas”, sino también enfrentar desigualdades materiales que afectan la trayectoria educativa. En otras palabras: un niño migrante no necesita solo matrícula. Necesita una escuela que entienda su historia, que acompañe su proceso de adaptación, que prevenga la discriminación, que apoye los aprendizajes y que trabaje con su familia.
En cuanto a la pobreza por ingresos el dato más crítico sobre NNA migrantes en Chile es la pobreza. Mientras el 24,9% de los niños, niñas y adolescentes del país vive en pobreza por ingresos, entre los NNA nacidos fuera de Chile la cifra llega al 38,5%.
Esto significa que la niñez migrante está sobrerrepresentada en la pobreza. Dicho de manera simple: ser niño, niña o adolescente nacido fuera de Chile implica una mayor probabilidad de vivir en un hogar con ingresos insuficientes para cubrir necesidades básicas.
Este dato debe ser leído con cuidado. No significa que la migración sea igual a pobreza. Tampoco significa que todas las familias migrantes estén en la misma situación. Pero sí muestra que una parte importante de los NNA migrantes vive bajo condiciones materiales más frágiles que el promedio de la infancia en Chile.
La pobreza por ingresos se refiere a la falta de recursos económicos suficientes para cubrir necesidades como alimentación, vivienda, salud, educación y otros bienes y servicios esenciales. Pero, en la vida concreta de un niño o niña, la pobreza no aparece como una definición técnica. Aparece como vivir en una pieza compartida, cambiarse muchas veces de casa, no tener un espacio tranquilo para estudiar, ver a los adultos trabajar demasiadas horas, postergar controles de salud, no poder participar en actividades recreativas o sentir que la familia está permanentemente al límite.
Por eso, la pobreza infantil debe entenderse como una experiencia que afecta el presente y también las posibilidades futuras. En infancia, la pobreza no es solo una carencia económica: es una condición que puede alterar trayectorias de desarrollo, aprendizaje, seguridad emocional y participación social.
Los datos también permiten observar la pobreza desde una perspectiva más amplia. La pobreza multidimensional mide privaciones en distintas áreas del bienestar, más allá del ingreso. En Chile, esta medición considera dimensiones como educación, salud, trabajo y seguridad social, vivienda y entorno, redes y cohesión social.
Según los datos disponibles, el 28,3% de los NNA inmigrantes vive en pobreza multidimensional. Esto es fundamental, porque muestra que el problema no se reduce al ingreso mensual del hogar. Un niño migrante puede tener dificultades simultáneas en vivienda, redes, acceso institucional, educación o entorno comunitario.
La pobreza multidimensional permite comprender mejor la experiencia migrante. Muchas familias pueden tener algún ingreso, pero vivir en condiciones de hacinamiento, con inestabilidad laboral, sin redes familiares cercanas, con barreras para acceder a información pública o con dificultades para integrarse plenamente a la comunidad. En esos casos, el ingreso por sí solo no describe toda la vulnerabilidad.
Esta mirada es especialmente importante para la niñez. Un niño no evalúa su bienestar únicamente por el dinero disponible en el hogar. También lo vive en la seguridad de su barrio, en el trato recibido en la escuela, en la tranquilidad de sus cuidadores, en la posibilidad de jugar, en la estabilidad de sus vínculos y en la sensación de pertenecer a algún lugar.
La migración infantil no es solo un traslado geográfico. Para muchos NNA, migrar implica dejar atrás personas, paisajes, formas de hablar, comidas, rutinas escolares, amistades y referencias afectivas. También implica llegar a un espacio donde hay que aprender nuevas reglas, nuevos modos de relación y, muchas veces, enfrentar la incertidumbre de los adultos.
En la infancia, los cambios de contexto tienen un peso particular. Un adulto puede explicar la migración como una decisión económica o familiar. Un niño, en cambio, puede vivirla como separación, pérdida, confusión, aventura o amenaza, dependiendo de las condiciones en que ocurra y del acompañamiento que reciba.
Por eso, la situación de los NNA migrantes no puede evaluarse únicamente preguntando si están matriculados o si viven en el país. Es necesario preguntar cómo se sienten, qué apoyos tienen, si cuentan con redes, si han vivido discriminación, si participan en la escuela, si comprenden los cambios que atraviesan y si sus familias tienen condiciones mínimas de estabilidad.
El enfoque de bienestar subjetivo infantil es especialmente útil para esto. Este enfoque plantea que el bienestar no debe medirse solo desde indicadores objetivos, como ingresos, matrícula o acceso a servicios, sino también desde la percepción de los propios niños, niñas y adolescentes sobre su vida. Es decir, importa lo que los niños viven, sienten y piensan sobre su familia, escuela, barrio, amistades y futuro.
Esta mirada es decisiva en el caso de la niñez migrante. Un niño puede estar “incluido” formalmente en la escuela, pero sentirse aislado. Puede tener acceso a servicios, pero no comprender cómo usarlos. Puede vivir en Chile, pero sentir que no pertenece. Puede aprender rápidamente el idioma o los códigos locales, pero cargar con duelos, discriminación o tensiones familiares invisibles para los adultos.
Para comprender la situación de los NNA migrantes en Chile, conviene usar una evaluación multinivel. Esto significa mirar varios planos al mismo tiempo.
A nivel individual, los niños, niñas y adolescentes migrantes viven procesos de adaptación. Pueden experimentar curiosidad, entusiasmo y apertura, pero también temor, duelo, nostalgia o inseguridad. En la adolescencia, estos procesos pueden intensificarse, porque la identidad personal se está construyendo con fuerza. Para un adolescente migrante, preguntas como “quién soy”, “de dónde soy” o “a qué grupo pertenezco” pueden adquirir una complejidad especial.
No se debe patologizar la migración. Migrar no es una enfermedad ni un trastorno. Pero sí puede convertirse en un factor de estrés cuando ocurre en condiciones de pobreza, discriminación, inestabilidad habitacional o falta de redes.
A nivel familiar, la migración suele estar asociada a esfuerzos intensos de reorganización. Las familias deben buscar vivienda, trabajo, redes, documentación, escuela y acceso a servicios. En muchos casos, los adultos enfrentan jornadas laborales extensas o empleos precarios. Esto puede reducir el tiempo disponible para acompañar tareas escolares, participar en reuniones, sostener rutinas o contener emocionalmente a los hijos.
La pobreza por ingresos afecta este nivel de manera directa. Si el hogar vive con recursos insuficientes, la crianza se desarrolla bajo presión constante. Esto no significa que las familias migrantes cuiden peor; significa que muchas deben cuidar en condiciones más difíciles.
A nivel escolar, el principal desafío es pasar de la matrícula a la inclusión real. La presencia de estudiantes migrantes exige escuelas con competencias interculturales, equipos capaces de prevenir discriminación, protocolos de acogida, comunicación efectiva con familias y apoyos pedagógicos cuando existan brechas curriculares.
La escuela puede ser un espacio protector central. Si funciona bien, puede ofrecer estabilidad, pertenencia, amistades, reconocimiento y oportunidades. Si funciona mal, puede transformarse en un lugar de exclusión cotidiana.
A nivel comunitario, el bienestar depende del barrio, la seguridad, las redes vecinales, los espacios públicos y la convivencia. Los documentos sobre bienestar infantil señalan la importancia del sentido de comunidad, la vida escolar, los derechos, el medioambiente, los recursos materiales y las variables socioeconómicas como dimensiones vinculadas al bienestar.
Esto significa que la niñez migrante no se integra solamente en la escuela: también se integra, o se excluye, en la plaza, el pasaje, el consultorio, la feria, el transporte, el club deportivo y la vida cotidiana del barrio.
A nivel institucional, el desafío es garantizar derechos sin depender exclusivamente de la capacidad individual de cada familia para “arreglárselas”. El Informe de Desarrollo Social 2025 insiste en la necesidad de políticas sociales integrales, intersectoriales y con pertinencia territorial. Esto es especialmente importante para la niñez migrante, porque sus necesidades no caben en un solo sector.
Un niño migrante puede requerir simultáneamente apoyo escolar, acceso a salud, orientación social, apoyo habitacional, protección frente a discriminación y acompañamiento familiar. Si cada institución trabaja de manera aislada, la respuesta llega tarde o no llega.
Uno de los grandes peligros es confundir inclusión formal con inclusión real. La inclusión formal ocurre cuando el niño aparece en el sistema: está matriculado, vive en una comuna, tiene algún registro, asiste a un servicio. La inclusión real ocurre cuando ese niño puede ejercer derechos en condiciones dignas, aprender, participar, sentirse seguro y construir pertenencia.
Los datos muestran que los NNA migrantes están presentes en el sistema escolar y forman parte de la población infantil del país. Pero también muestran que viven mayores niveles de pobreza por ingresos y pobreza multidimensional. Esa brecha revela que la inclusión formal no basta.
Una sociedad puede decir “los niños migrantes están en la escuela”, pero si viven en pobreza, hacinamiento, discriminación o inseguridad, entonces la integración es parcial. Puede decir “tienen acceso”, pero si las familias no comprenden los procedimientos, no tienen redes o enfrentan barreras económicas, el acceso puede ser débil. Puede decir “son parte de Chile”, pero si son tratados como extranjeros permanentes, su pertenencia queda incompleta.
La niñez migrante obliga a preguntarse qué tipo de país se está construyendo. Un país que solo administra la presencia migrante, o un país que reconoce a los niños y niñas migrantes como sujetos de derechos.
Los estudios sobre bienestar subjetivo infantil plantean una crítica importante: durante mucho tiempo, la infancia fue evaluada desde la mirada adulta. Se medía a los niños por lo que les faltaba, por lo que los adultos observaban o por indicadores objetivos. Pero el enfoque de bienestar subjetivo insiste en que los niños también deben ser escuchados.
Esto es clave para la niñez migrante. Las políticas públicas suelen hablar sobre ellos, pero no siempre con ellos. Se discute su matrícula, su nacionalidad, su documentación o su acceso a programas, pero menos frecuentemente se pregunta cómo viven el cambio, qué extrañan, qué les preocupa, qué les gusta de Chile, dónde se sienten seguros o qué experiencias de discriminación han tenido.
Escuchar a los NNA migrantes permitiría mejorar la intervención escolar, la convivencia, los programas sociales y la salud mental comunitaria. También permitiría evitar lecturas paternalistas que los reducen a víctimas o lecturas estigmatizantes que los convierten en amenaza.
Los niños migrantes no son solo población vulnerable. Son sujetos activos, con capacidades, saberes, vínculos y formas propias de comprender su experiencia. Reconocer su vulnerabilidad no debe significar negar su agencia.
Con los archivos disponibles no se puede afirmar que los NNA migrantes tengan peores indicadores de salud mental que los no migrantes, porque los datos revisados no presentan ese cruce específico. Sin embargo, sí se puede plantear una hipótesis fundada: cuando la migración infantil se combina con pobreza por ingresos, pobreza multidimensional, inestabilidad habitacional, discriminación o falta de redes, aumenta el riesgo de malestar socioemocional.
La tesis sobre pobreza y bienestar socioemocional infantil en Chile muestra que la pobreza por ingresos se relaciona con indicadores de riesgo emocional y conductual en la infancia. Esta evidencia no se refiere exclusivamente a población migrante, pero ayuda a comprender por qué la alta pobreza entre NNA nacidos fuera de Chile debe preocupar también desde el punto de vista psicosocial.
No se trata de decir que la pobreza produce automáticamente ansiedad, depresión o dificultades conductuales. Se trata de reconocer que la pobreza crea condiciones de estrés que pueden afectar el desarrollo: inseguridad material, tensión familiar, dificultades escolares, reducción de oportunidades recreativas y exposición a entornos más vulnerables.
En el caso de NNA migrantes, estos factores pueden sumarse al duelo migratorio, la adaptación cultural, la separación de familiares, la discriminación o la incertidumbre administrativa. Por eso, una política seria de bienestar infantil migrante debe incluir salud mental, pero no como respuesta individualizante. La salud mental debe ser entendida también como resultado de condiciones sociales.
El Informe de Desarrollo Social 2025 plantea que el territorio no es solo un lugar geográfico, sino un espacio vital que puede potenciar o limitar capacidades individuales y comunitarias. Esto es fundamental para analizar la niñez migrante.
No es lo mismo crecer en un barrio con buena conectividad, escuelas con apoyos, servicios cercanos y espacios seguros, que crecer en un territorio con hacinamiento, inseguridad, largas distancias, débil presencia institucional o alta vulnerabilidad socioterritorial.
La migración se vive en territorios concretos. Por eso, las políticas para NNA migrantes no pueden diseñarse solo a nivel nacional. Deben considerar las comunas, barrios y unidades vecinales donde efectivamente viven. El mismo informe plantea la necesidad de superar promedios comunales y mirar desigualdades intra-territoriales. Esto es clave porque una comuna puede parecer integrada en sus cifras generales, pero contener sectores donde se acumulan pobreza, exclusión escolar, inseguridad y baja cobertura programática.
Para la niñez migrante, esta mirada territorial permite identificar dónde se requieren más apoyos: escuelas con alta matrícula migrante, barrios con precariedad habitacional, comunas con mayor presencia de familias extranjeras o territorios con dificultades de acceso a servicios.
La situación de los NNA migrantes en Chile pone a prueba la capacidad del Estado y de la sociedad para sostener un enfoque de derechos. Es fácil hablar de derechos de la niñez en términos generales. Es más difícil garantizarlos cuando se trata de niños que nacieron fuera del país, que viven en hogares pobres o que enfrentan prejuicios sociales.
El enfoque de derechos exige una idea básica: ningún niño debe tener menos valor por su nacionalidad, origen, apellido, acento o situación migratoria familiar. La infancia no puede quedar subordinada a debates adultos que la exceden.
Esto no significa negar los desafíos que implica la migración para los servicios públicos. Significa ordenarlos desde una prioridad ética: los niños, niñas y adolescentes son sujetos de protección reforzada. Su bienestar debe ser resguardado de manera preferente.
Si el 38,5% de los NNA nacidos fuera de Chile vive en pobreza por ingresos, entonces la respuesta no puede limitarse a discursos de integración. Debe haber políticas concretas de apoyo económico, inclusión escolar, salud, vivienda, protección social y convivencia comunitaria.
A partir de los datos revisados, se pueden identificar varios desafíos urgentes. El primero es mejorar la información. Chile necesita datos más específicos sobre NNA migrantes: asistencia escolar, desvinculación, rendimiento, salud mental, acceso a salud, vivienda, discriminación y participación en programas sociales. Sin esa información, las políticas quedan incompletas.
El segundo desafío es fortalecer la inclusión escolar. La escuela debe contar con herramientas para acoger, acompañar y proteger. Esto implica formación docente, protocolos de acogida, trabajo con familias, apoyo psicosocial y prevención del racismo.
El tercer desafío es abordar la pobreza infantil migrante. La alta proporción de pobreza por ingresos entre NNA nacidos fuera de Chile muestra que muchas familias requieren apoyos más efectivos. La inclusión no puede descansar únicamente en el esfuerzo familiar.
El cuarto desafío es incorporar una mirada territorial. Las políticas deben identificar comunas y barrios donde se concentran mayores vulnerabilidades. No basta una política nacional uniforme si las condiciones locales son profundamente distintas.
El quinto desafío es escuchar a los propios niños, niñas y adolescentes migrantes. Sus experiencias deben ser parte del diagnóstico y de las soluciones. No se puede construir bienestar infantil sin la voz de la infancia.
La niñez migrante en Chile vive una situación ambivalente. Está presente, estudia, participa y forma parte de la vida cotidiana del país. Pero al mismo tiempo enfrenta mayores niveles de pobreza y vulnerabilidad multidimensional. La escuela aparece como una puerta de entrada a la sociedad chilena, pero la pobreza muestra que esa entrada no siempre viene acompañada de condiciones suficientes de bienestar.
El desafío no es solo “integrar” a los niños migrantes. El desafío es garantizar que puedan crecer con dignidad, seguridad, aprendizaje, salud, vínculos y pertenencia. La migración infantil no debe ser leída como una amenaza ni como una excepción: es parte de la infancia chilena contemporánea.
Un país que cuida a sus niños migrantes no solo protege a un grupo específico. También fortalece su democracia, su cohesión social y su futuro común. Porque la infancia migrante nos recuerda algo básico: ningún niño elige las fronteras que organizan el mundo adulto, pero todos los niños tienen derecho a vivir una infancia protegida.
Referencia
Mancilla Vera, J. (2023). Impacto de la pobreza en el desarrollo del bienestar socioemocional infantil en Chile [Tesis de magíster, Universidad del Desarrollo].
Ministerio de Desarrollo Social y Familia. (2025). Informe de Desarrollo Social 2025. Gobierno de Chile.
Sarriera, J. C., Bedin, L. M., & Alfaro Inzunza, J. (2022). Indicadores de bienestar subjetivo infantil: Una nueva perspectiva para su comprensión desde América Latina. Erasmus. Revista para el diálogo intercultural, 24(2).




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